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OPINION
Contiene sulfitos
27.01.08 -

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Contiene sulfitos
JOSÉ IBARROLA
AQUEL hombre, quien gustaba de tomarse un par de vasos en las comidas, compraba el vino más que nada guiado por las referencias de sus amigos. Este no está mal, y además no cuesta ni nueve euros, le decían, y él, a comprar y disfrutarlo; pues aquel otro es magnífico, total por doce euros, que te los gastas en un par de cubatas de garrafón y enseguida se disponía a comprobarlo. Pero, ¿ah, la modernidad!, el hombre dio en querer saber algo más acerca de lo que bebía y un día leyó en la etiqueta de cierta botella que el vino allí encerrado provenía de uvas con adecuada maduración tánica. Le sonó muy bien la información, especialmente lo de tánica, que, en su ignorancia, le sugería ideas sobre algo grandioso, espectacular, titánico. Además, proseguía el prospecto, se había criado nada menos que en roble francés, ¿Virgen de Guadalupe, qué lujo! Madera gabacha y todo para su tinto. Y el culmen descriptivo se alcanzaba en un párrafo donde se afirmaba que tenía el caldo en cuestión colores rojo rubí, con irisaciones violetas, amen de aromas a flores azules, a regaliz y a especias, las que en boca daban un gusto final muy agradable y mineral. Se mosqueó un tanto con lo de mineral, no fuera a ser que se refiriera a añadidos de agua, pero, finalmente se tranquilizó, pues en el margen venía una interesante advertencia: contiene sulfitos. Mira qué suerte, pensó, encima de toda esa acumulación de colores, fragancias y sabores, mi botella me la han premiado con sulfitos. Como era lego en enología, acudió a una enciclopedia y se llevó un susto morrocotudo: sulfito, sal del ácido sulfuroso; buscó sulfuroso y fue peor: que contiene azufre. Vamos, como cosa del infierno. Aquello no podía ser, era algo muy amenazante, así que se informó cerca de los amigos, quienes le aclararon que los sulfitos son añadidos químicos que se le administran al vino para que este no se deteriore, para que se conserve mejor. Bueno estaba, se dijo, pero entonces, o los sulfitos no eran dañinos, en cuyo caso no habría por qué señalarlos -igual que nadie nos advierte de que el papel de un periódico contiene celulosa, ni que las alubias se componen de hidratos de carbono flatulentos-, o, si eran perjudiciales, por muy avisados que quedasen los consumidores, no otra cosa sino un envenenarse en pequeñas dosis era cada sorbo de vino que se trasegaba. Y no dejaba de mostrar aquella cuestión un algo de cinismo. En cuanto a las demás marcas, como fue comprobando, muchas de ellas estaban preñadas de sulfitez declarada.

Y ahí empezó su reconversión, su transmutación. Donde antes no hubo más que un ciudadano sosegado y crédulo, emergió ahora un desconfiado y avispado crítico que todo lo examinaba con ojos de inquisidor medieval; llegó a la conclusión de que mucho de lo que le rodeaba era una especie de engaño, medio advertido, medio encubierto, como si contuviera los famosos sulfitos, salvo que sin especificarse con claridad. Escuchaba las ofertas hipotecarias, tan maravillosas para los clientes, y muy pronto veía sulfitos por todas partes merced a las semiocultas TAES, comisiones, gastos, revisiones euríbicas y servidumbres adquiridas. Compraba tal o cual electrodoméstico y enseguida descubría el oculto sulfito en las salvedades hechas a las reparaciones que cubría la garantía, caso de averiarse. Firmaba ingenuamente un seguro del hogar o uno de vida y más tarde encontraba su correspondiente sulfatación en la letra pequeña.

Y en lo que atañe a la vida pública, no dejaba de asombrarse desde que devino hipercrítico analista. Leía los programas de los partidos políticos, los comparaba con la realidad de la gestión posterior y se decía: pues debían haber aclarado que escondían sulfitos. Escuchaba por la radio las declaraciones de tal hombre público, que prometía bajar los impuestos y, milagrosa y simultáneamente, aumentar las prestaciones sociales, y le venía un flash mental: este también oculta sulfitos. Veía juntos a Pavón, Vela y Heras en comunión edilicia, y aquel menage à trois le olía a sulfitos, y a sulfuraciones futuras.

Tan crítico y desesperado estaba, que hasta el propio demonio entendió que nuestro hombre poseía un alma madura para vendérsela a cambio de la solución de sus males. Así que un día se le apareció, por supuesto envuelto en un vaporcillo sulfídrico, para ofrecerle el clásico trato y prometerle paz a su desespero, colmándole de riqueza y poder o de lo que le demandase. Pidió entonces el cuitado al diablo que le mostrase un banquero altruista y sin codicia, un político que no encubriera segundas intenciones y un escritor que no ocultase vanidad ni fuera amigo de lisonjas. Consiguió el aparecido, aunque a duras penas, aprontarle alguna menguada muestra de los primeros, pero le fue imposible conseguir la del literato por muchos esfuerzos que hizo buscando por todo el planeta; entonces el azufrado espantajo no tuvo más remedio que renunciar avergonzado, pues se ha de saber que el diablo es malvado, pero muy honesto en sus negocios.

Finalmente el hombre, desencantado, dejó de creer en quimeras, de escuchar a mucha gente y de adquirir tantísimos productos engañosos e inservibles que se le ofrecían mediante una publicidad ciertamente sulfatada. En cuanto al vino, sólo compraba tinto peleón del que se expende en tetrabrik, porque un día leyó en el cartón: mejor que no sepa lo que contiene. Al menos eran honrados.
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