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HOYes.tvHOYes.tv | RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 19 abril 2014

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en una finca de moraleja
Escuela de mayorales
Quince jóvenes aprenden las tareas propias de una ganadería brava en Moraleja, la única en España con esta formación

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Juan y Rubén corren tras dos novillos que el día anterior se pelearon y durmieron separados de sus hermanos. Mover ganado es el pan de cada día para un mayoral. / JORGE REY
Una de las primeras caras que ven cada mañana los toros que Borja Domecq tiene en Jerez de la Frontera es la de Ben, un treintañero nacido en Londres, titulado en Comunicación Audiovisual. «No entendía del todo el español, pero era muy listo», recuerda Leoncio, el hombre que le enseñó a manejarse entre cuernos de verdad.

Hace un par de años, el joven inglés dejó Barcelona y se plantó en Moraleja (ocho mil habitantes, a ochenta kilómetros de Cáceres), el único lugar en España donde se puede conseguir el título de auxiliar de mayoral de reses de lidia. O sea, lo que siempre se ha llamado un vaquero, pero en este caso con un papel oficial bajo el brazo, con los sellos de la Junta de Extremadura y la Asociación Nacional de Mayorales de Campo Bravo.

Este detalle lo conoce bien Ulises, mexicano de 27 años, hijo de un ingeniero con contactos entre los taurinos de su país. «Decidí dar un giro de 180 grados a mi vida, dejar de estar a las faldas de mis padres y venirme para España», cuenta. Quizás sin saberlo, su historia ha entroncado a México y Extremadura, conquistadores aparte. Ulises nació en Aguascalientes, el mismo lugar en el que hace nueve meses casi se deja un pulmón Jairo Miguel, el novillero cacereño de catorce años.

El chico se ha tomado su exilio voluntario en la madre patria tan a pecho que está empeñado en ser autosuficiente. De lunes a viernes, Ulises duerme en el Centro de Formación Agraria de Moraleja, como los otros trece alumnos de la cuarta promoción. Y los fines de semana trabaja como ayudante de cocina en un hostal del pueblo. «Me pagan el hospedaje, y así ahorro cada fin de semana setenta euros», detalla Ulises, que en la taquilla de la ropa de campo, la que se pone cada mañana para ir a hacer las prácticas y pisar el barro, guarda una cazadora de un rojo perfecto, con la marca bien visible, en el pecho: 'Tommy Jeans'.

Ahí, en la finca, con la gorra de cuadros bien calada, entre novillos, bueyes, caballos y siempre a la vera de Leoncio, el profesor, es donde Ulises se siente a gusto de verdad. No hay más que verle tras la puerta de uno de los pasillos que comunican la dehesa con los corrales de la plaza de tientas. Agarrado a la puerta metálica, Ulises espera su momento. Ayer, dos novillos se pelearon y pasaron la noche en un cercado aparte, separados de sus hermanos. Hoy toca devolverlos a su sitio. El profesor se adentra a paso lento en ese pasillo para animales junto a Rubén y Juan, dos alumnos. Llaman la atención de los novillos y los bueyes, se colocan tras ellos y les gritan. Los animales salen a correr, y cuando han entrado donde los humanos quieren, el mexicano cierra la puerta corriendo.

En una mañana, Ulises, Rubén, Juan y el resto de la clase tienen tiempo para mover de sitio a los novillos, echar de comer a los toros, limpiar los establos y para ir domando a los «caballos cerriles», como le gusta decir a Leoncio Izquierdo. Es toledano, tiene cincuenta años y lleva desde los quince como mayoral, la mayoría de ellos con el hierro de los Hermanos Vergara. «Lo que más les cuesta a los chavales es aprender a manejar el caballo -asegura el experto-, y eso es algo fundamental; si hay algo importante en este trabajo es tener claro lo que llevas entre las piernas».

De 30 a 40 solicitudes

En octubre, cuando empezó el curso, tenía a su cargo a 16 alumnos, el tope que establece el centro, aunque cada año reciban entre 35 y 40 solicitudes de ingreso. Sólo han pasado tres meses y medio y ya se ha ido uno. «Ya le ha salido trabajo, lo mismo que le saldrá a los otros quince, aquí el que no trabaja es porque no quiere», asegura José Luis Castro, el director del Centro de Formación Agraria.

Ese alumno número 16 que ya no está es Rubén Blanco, un novillero salmantino al que reclamaron desde una finca de su tierra. De los del año pasado, casi todos están ocupados. Miguel, al que la semana pasada hirió un toro mientras faenaba en el campo, es el cuarto alumno de Moraleja que contrata Victorino Martín, que tiene su explotación a tiro de piedra. Y los hay también en otras firmas señeras, como Jandilla, Concha y Sierro, Sepúlveda, Marqués de Domecq o Zalduendo.

O en Garcigrande, donde está Gonzalo, un caso paradigmático, que rompe ideas preconcebidas. Trabajaba como jefe de sección en El Corte Inglés, en Madrid, y su padre era director de una oficina bancaria. El chico dejó la capital, se fue a Moraleja, completó el curso, hizo las prácticas y hoy trabaja donde siempre quiso, en el campo, entre toros, cobrando 1.100 euros al mes más dos pagas extras.

Lo normal entre sus colegas es formar parte del ingente colectivo de los 'mileuristas', aunque a la luz del panorama que dibuja José Luis Castro, coordinador del curso y director de la Asociación Nacional de Mayorales, igual hay cambios a corto plazo. «Los datos que tenemos -apunta- nos dicen que en siete u ocho años, el setenta por ciento de los mayorales estarán jubilados». Esa es la conclusión a partir de una radiografía certera. Esos hombres del campo en las ganaderías bravas son gente mayor, que salvo excepciones, ha preferido que sus hijos vayan a la Universidad. ¿Y quién cubrirá esas vacantes?

«En algunas fincas están entrando extranjeros sin formación ni experiencia alguna en tareas campo, y a los tres meses no aguantan y se van», reflexiona Leoncio. «Es que este trabajo no lo aguanta todo el mundo -abunda Castro-. No todos están dispuestos a meterse a las seis de la tarde, en invierno, en una casa en mitad del campo».

Este discurso previsor asegura conocerlo de sobra Rubén Santander, 18 años, de Arganda del Rey (Madrid), que se ha pasado al tabaco liado «porque así se fuma menos». Cuando era un quinceañero, hacía siete kilómetros diarios para pasar un rato entre toros, su entorno favorito. Vista su figura en ese paisaje natural, caminando entre encinas, diríase que Rubén tiene sombra de mayoral, fino de cuerpo y cara, pausado en el hablar y con la espalda igual de recta cuando monta a caballo que cuando camina. Sólo al ponerse la sudadera con capucha y calzarse las Nike negras aparecen sus ojos azules, hasta entonces tapados por la gorra. «Con los toros -comenta el chaval-, el miedo lo tienes siempre, pero tienes que saber qué parte del miedo coges, y coger siempre la parte más pequeña que puedas».

De su misma edad es Jacobo Campuzano, el otro extranjero del grupo. Habrá nacido en una capital de cuatro millones y medio de habitantes (Quito, Ecuador), tendrá 18 años, será menudo y tímido, pero hace tiempo que aprendió que la gente de campo lleva una brizna entre los labios. «El toro es mi vida», sentencia. Y la de su abuelo, que tiene ganado bravo. Y la de varios primos suyos, incipientes novilleros. «Me gustaría ser torero, sí, pero con tal de estar con el toro me conformo», dice Jacobo, que comparte ilusión con Juan Gómez, de Ciudad Real, otro caso que rompe tópicos.

Un estudiante excelente

Estudió segundo de Bachillerato y sacó un 9,5 en Selectividad. Tenía plaza para empezar a estudiar veterinaria en la Universidad de Castilla-La Mancha, pero prefirió matricularse en Moraleja. A sus espaldas, más de setenta festejos como novillero. «La cosa para los chavales que queremos ser toreros está muy complicada, los empresarios piden mucho dinero, y a falta de pan, buenas son tortas», resume sincero. Como la esperanza es lo último que se pierde, él entrena todas las noches que puede con Jacobo, el ecuatoriano. Cogen los trastos, se encierran en la nave de la maquinaria y se turnan para repartirse los papeles de toro y matador.

Comparten eso y más cosas. Por ejemplo, el piso para los fines de semana, en el que también viven Fran, Víctor y Óscar. Pagan cincuenta euros cada uno, y a cambio, tienen la libertad suficiente como para acostarse algún que otro sábado a las seis de la mañana. «El agua caliente sale mejor en el internado que en el piso», advierte Óscar, que tiene a su madre «muy contenta», asegura. «La mía también, pero me dice que tenga cuidado, que es un oficio muy peligroso», tercia Víctor, malagueño, el más elegante, con su camisa de cuadros. Él limpia las herraduras al caballo mientras Óscar le atusa el pelo al animal y le acaricia la cara.

Ni uno ni otro hablan de mujeres. A la pregunta, responden con media sonrisa, y José Luis, el coordinador, dice que otros años han tenido alumnas y alguno se despistaba. Leoncio, el espejo en el que todos se miran, dice que son «buenos chavales», aunque haya días, como hoy, en los que tenga que recordarles que cuando se entra en un cercado para echar el pienso a los toros, está prohibido abrir la boca. Eso debió entenderlo a la primera Ben, el londinense que dejó su activismo en la plataforma protaurina de Barcelona para pasar un año en Extremadura. En el campo, entre toros, ni en inglés ni en español. Lo que toca es el silencio. Lección de mayoral.
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