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HOYes.tvHOYes.tv | RSS | ed. impresa | Regístrate | 9 febrero 2010

Sociedad

SOCIEDAD
La letra con sangre no entra
Aunque no debe ser el primer recurso, el castigo puede ayudar a corregir malas conductas siempre que sea pedagógico y huya del azote
23.12.07 -

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LAS zapatillas no sólo son para abrigar los pies. Ni el cinturón para ajustarse el pantalón. Más de uno los ha visto volar sobre su cabeza. Desobedecer a los padres es lo que tiene. O, mejor dicho, era. Desde el pasado jueves, la ley ya no ampara a los progenitores. En contra de PP, CiU y PNV, el pleno del Congreso de los Diputados aprobó la eliminación de dos artículos del Código Civil que conceden a los padres y los tutores la potestad de «corregir razonable y moderadamente» a los niños, eliminando así la cobertura legal del conocido popularmente como 'cachete'. ¿Se impone la permisividad?, cabría preguntarse. No. Una cosa no lleva a la otra. Es más, el castigo físico produce un efecto contrario y, más que rectificar una mala conducta, puede avivarla. Y no sólo porque resulte ineficaz. Levantar la mano también puede generar en los hijos miedo, ansiedad, resentimiento, falta de afecto y frustración. Por tanto, aumenta la distancia afectiva, además de la inseguridad e incluso la agresividad. «Si se educa a un hijo a bofetadas llega un momento en el que él también la devuelve», advierte María Victoria Trianes, catedrática de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Málaga (UMA).

Es un hecho, abusar del castigo baja la autoestima del niño porque entiende que no se le quiere, que estorba y que nunca hace las cosas bien. El problema es que, como recuerda la psicóloga y educadora Rocío Ramos-Paúl -más conocida como la 'Supernanny' de Cuatro-, el cachete puede ser fruto del enfado de los padres, que al utilizarlo con demasiada frecuencia, hacen que el niño «aprenda a solucionar sus conflictos mediante la agresión y repita estos comportamientos ante los problemas que le puedan surgir en otras áreas (con los amigos, los compañeros del cole, los profesores o incluso con los padres). Para entenderlo no hay nada como recordar esa escena donde un padre, dándole en la mano a su hijo, le dice: 'No se pega'; qué locura de mensaje le estamos trasmitiendo». La confusión está servida. El pequeño no acaba de entender el azote ni, mucho menos, reacciona.

Simplemente, acaba resentido y con sensación de debilidad. «Es un abuso de autoridad, no una medida correctiva», aclara Juan Enrique Campos, presidente de la Federación de Padres de Alumnos de Málaga.

Sin embargo, aún muchos progenitores defienden el cachete. Según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 56 por ciento de la población considera que es «imprescindible pegar a un hijo para educarlo» y la mitad de los entrevistados recuerda haber recibido azotes en su infancia.

Protección legal

Claro está, no es lo mismo un cachete que una paliza. En este caso, destaca Soledad Benítez-Piaya, socia-responsable en Málaga de Zarraluqui Abogados de Familia, que, además de la protección que recoge el Código Civil, también el Código Penal sanciona las lesiones a menores de doce años o incapaces con penas de cárcel de dos a cinco años.

Son ya casos extremos. A veces, provocados por una situación insostenible. «Ser padre requiere dedicación exclusiva y no tener tiempo o estar estresado no es excusa», sostiene Trianes, partidaria, no obstante, de «cierto control».

Y es que, además del físico, hay muchos otros tipos de castigo. ¿Quién no se ha quedado sin salir con los amigos algún fin de semana? ¿O sin su paga correspondiente de la semana? Son otros recursos que utilizan los padres ante una conducta inadecuada de sus hijos. Sin embargo, no todo sirve. El castigo tiene sus instrucciones. Ante todo, hay que tener en cuenta que el castigo debe ser el último recurso para conseguir que algo se haga o deje de hacerse.

Pero si se recurre a él, hay que tener en cuenta unos requisitos. El primero es que sea corto e inmediato, pero también que el 'castigador' esté presente. Además, los especialistas aconsejan explicar el porqué del castigo y, sobre todo, dejar claro que no es consecuencia de un enfado, sino de una conducta incorrecta. Eso del «porque lo digo yo» es mejor evitarlo.

Pero no acaba ahí la cosa. Deberá ser proporcionado a la falta, sin que se prolongue demasiado para permitir que surta efecto. Si se opta por prescindir de su programa de televisión favorito, en lugar de hacerlo completamente, se puede prohibir ver los quince primeros minutos. De esa forma, se deja oportunidad para rectificar. En esto, el diálogo es clave. «De nada servirá que castiguemos a un niño de cuatro años sin televisión un mes porque el tercer día no sabrá por qué no puede verla, pero sí entenderá perfectamente que si tarda mucho en vestirse y bañarse no le dará tiempo a ver la televisión porque llegará la hora de acostarse», explica Ramos-Paúl.

No hay que olvidar que el castigo tiene un fin pedagógico. «Siempre es una vía para reparar lo que se ha hecho mal», apunta María Victoria Trianes. Si pega al hermano, por ejemplo, los padres deben conseguir que se disculpe en lugar de reprenderle. O bien obligarle a recoger su habitación o hacer la cama si no lo hace.

Estudios

Otro motivo de discusión suele ser los estudios. En este caso, la catedrática de la UMA propone ofrecer ayuda y apoyarles. «No se trata de que el chico pague por su mal comportamiento, sino de cambiarlo para que aprenda», indica.

La clave está, por tanto, en relacionar el castigo con la falta cometida. Aunque todo depende de la edad. Entre los tres y los cinco años, es el mejor momento para enseñar a los niños unas normas. Eso sí, con cierta libertad y explicando su porqué.

Más tarde, sobre los nueve años, aparece una segunda fase de rebeldía. Es cuando se desarrolla el espíritu crítico y el niño analiza cualquier actitud de sus padres. Ser coherentes con lo que se exige es, por tanto, fundamental. Imponer un castigo y levantarlo por cargo de conciencia no es muy conveniente. En este caso, el niño percibe una debilidad y se contagia de la inseguridad de sus padres. «No hay nada peor que perder los nervios, castigarles y después pedirles perdón», asegura la psicóloga María Jesús Álava. Lo único que se consigue así es que el pequeño no luche por mejorar sino por evadir el castigo, esperando la distracción de los progenitores.

«Habrá que tener siempre presente que los niños, por investigar, por probar o por medirse con los adultos, desobedecen si aunque no se 'porten bien' seguimos queriéndoles», puntualiza la popular 'Supernanny'. A su juicio, lo primero que hay que tener en cuenta es que los niños no saben qué pueden o no hacer, «es algo que aprenden a través de las consecuencias de cumplir o no las normas, por eso hay que mantenerlos y ser consistente».

Coherencia

En este sentido, prohibir a los hijos decir 'tacos' mientras los escuchan de boca de los padres no sirve de mucho. «Los niños son como la arcilla, moldeables, todo lo que ven tiene una repercusión enorme en su educación», precisa la profesora María Victoria Trianes, para quien lo ideal es razonar en familia sobre la falta en cuestión.

En el caso de los más mayores, saber negociar resulta una buena técnica. Por ejemplo, castigarles sin salir puede parecer una medida infalible, pero lo único que consigue es generar en el chico un sentimiento de rencor hacia los progenitores.
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