
FICHA DE LA CORRIDA
Señal de suficiencia: en la suerte contraria engañó El Juli al toro. Igual de sabia la mano que lo engañaba que la que lo tundió. Un descabello. El segundo millar, empezó bajo signo no del todo nuevo. Voces sueltas. El Juli aplacó los ánimos con quite por tafalleras garboso. El toro se le acostó por la mano derecha. Del segundo puyazo salió echando los bofes.
El panorama cambió con el cuarto toro pero a peor. Casi 600 kilos de toro sin rematar. Y casi cinco años. Bruto y embastecido, cuellicorto y levantado. Mucho más tamaño que trapío. Corretón de trastabillarse. Distraidísimo. De los de tablas quiero y ahí me muero. Se aculó en ellas. Un gazapeo cuando El Juli amenazó con obligarle en una suave tanda de naturales y de pecho. Cundió la impaciencia. Algún grito suelto. El Juli trató de recomenzar. Y una expeditiva estocada: honda y no entera, ladeada.
Mala corrida, gran toro
Pero saltó un toro de gran estilo: Misterio, negro mulato. Acucharado, astifino, en el tipo perfecto de lo antiguo de Jandilla, o sea, Zalduendo. Enseguida estuvo el toro en danza, con alegría. Una escarbadura antes de empezar y un discreto raje de última hora, pero con muerte de bravo. Hizo el esfuerzo Salvador Vega. Descalzo, por cierto. Una faena inconstante, desordenada, incluso algo caótica, sembrada de gestos a la galería, de más dibujos que ideas. Hubo algunos muletazos preciosos. Se le debían al toro. Con ambiente muy a favor, no hubo, en cambio, corazón con la espada. Un pinchazo hondo, rueda de peones, otro pinchazo, una estocada.
El otro toro potable de Victoriano del Río fue, con el hierro de su hijo Ricardo, de la procedencia Los Bayones. Un toro lisardo. Negro salpicado. 580 kilos, cinqueño, cabezón, ancho de todo, corto de manos. Muy frío. Con las fuerzas justas. Los que llevaba revueltos desde el paseíllo se echaron encima del toro y del palco, y la gresca fue de las famosas.
Perera, espléndido
Pero no cedió el palco a la presión que reclamaba pañuelo verde. Y acertó. Perera estuvo espléndido con ese toro, que brindó sin que casi nadie lo viera a su apoderado, Fernando Cepeda. Lo espléndido fue todo. El todo y las partes. Primero, la apuesta por el toro. Lo había visto. Luego, la resolución y la tenacidad, porque el ambiente se había desmadrado y casi envenenado. Y para llevar razón la gente era imprescindible que el toro se cayera.
El tiento, el temple, la confianza, la firmeza, el asiento: cada una de esas cosas se encadenaron y, como por ensalmo, de pronto tuvo Perera el toro en la mano. Y fue como si hablara con él. Larga la conversación. Fue extensa de faena. Pero no pesó. Porque en las dos renuncias del toro, sólo dos, Perera aguantó de valiente, y eso conmovió. No sólo cabeza y corazón. Alma también. El vuelco de plaza resultó formidable. Todo el mundo con el torero de golpe. Unas bernadinas para terminar de hervir. Y una estocada extraordinaria. Una oreja y casi dos. Dos mereció trabajo de tan rica trama.
Un minúsculo aunque descaradillo tercero, fundido al décimo embroque, no dejó a Perera más que avisar y, de paso, cobrar gran estocada.








