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Cáceres

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Cáceres, el ensanche que no cesa
08.10.07 -

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Hasta el siglo XVIII, Cáceres era una ciudad formada por dos núcleos claramente definidos: la ciudad amurallada, de plano militar, como recoge Julio Caro Baroja en su libro «Paisajes y ciudades», con ocho hectáreas y 421 casas, y un pequeño primer ensanche extramuros. Estos espacios urbanos parecían estancados hasta que, a mediados del siglo XVIII, diversos empresarios comenzaron a crear pequeños barrios. El comerciante Juan Busquet construyó el barrio de su apellido. El presbítero Francisco Luna dio su nombre a la calle y edificios que en ella levantó. Las casas de Carrasco fueron edificadas al final de Camino Llano por el banquero del mismo apellido y el ganadero Francisco Marrón bautizó su barrio con su firma. Cáceres crecía. Llegaba la Audiencia. Cáceres dejaba de ser un poblachón. Avanzaba el siglo XIX. Calaff, el comerciante, construía. El veterinario Antonio Cotallo levantaba las casas de su nombre en lo que hoy es la cuesta del Gran Teatro y la popular tabernera liberal La Berrocala bautizaba con su apodo la calle donde levantó una de aquellas humildes urbanizaciones del siglo XIX. Ese Cáceres del XVIII y del XIX es hoy una joya, pero hasta ahora ha estado abandonado, como si solo debiéramos tener ojitos para la parte antigua. Pero con espacios urbanos semejantes a ese Cáceres de hace 200 años, hay ciudades que han conseguido ser Patrimonio de la Humanidad.

El Plan Intramuros de Felipe Vela contempla mimar ese segundo ensanche cacereño. Hay un tercer ensanche de principios del siglo XX, cuando la ciudad crece buscando a través de Cánovas la estación de ferrocarril, que se ha convertido en el eje de la vida local y por ese motivo parece bien dotado de servicios y atenciones. Más tarde llegaron los barrios: Llopis, en los 60, La Madrila y Moctezuma, en los 70, Fratres y Cabezarrubia, en los 80-90... Después, a caballo de dos siglos, Cáceres ha disfrutado de una eclosión de residenciales y urbanizaciones desconocida a lo largo de su historia. Ahora, el crecimiento se ralentiza, pero no se detiene. Las demandas, tampoco. El proyecto Intramuros es la guinda, pero los barrios siguen siendo el pastel.
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